La casita de porcelana del bosque, acogedora aún sin poseer nada dentro, paradójicamente su misión es iluminar también, pues debiera tener en su interior una velita, para que a través de sus ventanales destellos de luz evoque. Mis tortugas de barro, Hiroshima y Nagasaki, nombradas así por aquellas ciudades japonesas bombardeadas atómicamente el 6 y 9 agosto del 1945. El resto son piedras pequeñas, irregulares, más que sin pulir casi en bruto, tomadas a orillas del mar con colores no más.
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